Estimado Alex:
No nos conocemos. Bueno, lamentablemente ahora sí. Nos conocemos a través de tu asesinato, cometido por quienes dicen defender el orden y la seguridad de tu país, protegidos por quienes, tras ganar unas elecciones, se han proclamado salvadores de unos valores que, paradójicamente, sustituyen y erosionan aquello que define la democracia, la libertad y los derechos humanos.
Me resulta difícil dirigirme a ti después de tu muerte. Comparto contigo profesión, soy enfermera como tú, y por lo que hemos sabido a través de los medios y de las redes, también compartíamos una manera de estar en el mundo. Un compromiso que no se aprende en los manuales ni se exhibe en los discursos, sino que se ejerce en lo cotidiano, la defensa de la vida, de la dignidad, de la equidad, del derecho a existir sin miedo por razón de raza, orientación sexual o cualquier otra condición.
Es difícil y doloroso escribirte porque ha tenido que ser la violencia la que nos ponga en contacto, sin saber siquiera si estas palabras te llegan. Pero aun así no quería dejar pasar la ocasión de dirigirme a ti, y al mismo tiempo a la ciudadanía de cualquier rincón del mundo, y especialmente a las enfermeras, para compartir lo que tu muerte ha dejado al descubierto, dudas, emociones, miedos, rabia… y también, aunque cueste nombrarla, alguna esperanza.
Lo primero que quiero decirte con claridad es que no te considero un mártir. Para serlo hay que asumir conscientemente la exposición de la propia vida como finalidad última, y no creo que esa fuera tu intención. Defendías tus convicciones, sí, pero no a costa de tu vida. Tu vida la cuidabas, la respetabas y la defendías, como cuidabas la de los demás. Por eso no es justo que nadie te convierta en mártir.
Tampoco en héroe, esa etiqueta tan manoseada tras la pandemia, como si cuidar fuese algo extraordinario y no exactamente lo que siempre hemos hecho antes, durante y después de cualquier crisis.
Ni héroe, ni mártir, ni ángel.
Quiero recordarte como lo que eras, enfermero. Un profesional que asumió, desde su identidad, un compromiso vital con la libertad, la equidad y los derechos humanos. Y fue precisamente esa coherencia —no la inconsciencia, no la temeridad, no el sacrificio— la que te llevó a intentar proteger la vida de otra persona sin calcular el riesgo para la tuya. Eso es lo que muchos no entienden. Y lo que otros, directamente, no soportan.
Tu vida fue eliminada por motivos que resultan difíciles de explicar sin que se resienta cualquier marco moral. No hay justificación posible, aunque se intente construir un relato para blanquear la atrocidad. Pero en realidad ni siquiera la necesitan. Porque quienes te dispararon no dependen de la verdad, sino de la impunidad. De un sistema que decide qué vidas tienen valor y cuáles pueden ser descartadas.
Tú, que trabajabas en una UCI de un hospital de veteranos, sabías mejor que nadie lo que vale la vida. Sabías que cuidarla va mucho más allá de la tecnología y de los tratamientos farmacológicos. Sabías lo que supone acompañar a personas que han servido a su país y afrontan el final de su vida, y lo que significa sostener a sus familias en situaciones límite. Sabías que cuidar es estar, escuchar, comprender, aliviar incluso cuando no hay cura.
Y, sin embargo, ese compromiso con la vida y con la dignidad de los demás fue considerado tu gran delito. Tu amenaza no era un arma. Tu amenaza era el cuidado. La palabra, la escucha, la empatía, la presencia. Y se te privó de todo ello. Para que dejaras de cuidar a quien creíste que lo necesitaba. Para que el cuidado mismo fuera señalado como peligroso, desestabilizador, incluso terrorista. Ese es el mensaje que se lanza cuando se mata a un enfermero por intentar proteger a otro ser humano.
Gracias, Alex, por tu integridad, tu coherencia, tu honestidad y tu generosidad. No por entregar tu vida —porque no la entregaste—, te la arrebataron.
Tu muerte no es heroica ni martirial, pero sí profundamente reveladora. Te ha hecho visible a ti y a lo que hacías por convicción. Ha hecho visible tu profesión y el valor social, político y ético de los cuidados. Y ha dejado al descubierto la miseria moral de quienes permiten, ejecutan y amparan tu asesinato.
Has perdido la vida y, al mismo tiempo, has abandonado el anonimato. Has dejado un legado que no buscabas. Has puesto nombre y rostro a algo que muchos prefieren ocultar o eliminar, que cuidar es un acto profundamente político, y que defender la dignidad humana puede costar la vida en sistemas que ya han renunciado a protegerla.
Y a nosotras, a la profesión enfermera en su conjunto, tu muerte nos obliga a mirarnos sin coartadas. Nos recuerda que cuidar no es un gesto neutro ni inocuo, que no siempre es bien recibido y que, en determinados contextos, puede convertirse en una amenaza para quienes han decidido gobernar desde el miedo, la exclusión y la violencia institucional. Nos recuerda que el cuidado, cuando es coherente, cuando no se pliega, cuando no se deshumaniza, tiene consecuencias.
Como enfermeras no podemos refugiarnos en el silencio cómodo ni en la falsa neutralidad. No podemos aceptar que se mate en nombre del orden mientras se criminaliza la defensa de la vida. No podemos permitir que se convierta el cuidado en sospecha ni la dignidad humana en un riesgo a neutralizar. Nuestra responsabilidad profesional no termina en la puerta del hospital ni en el turno de trabajo. Atraviesa lo social, lo político y lo ético, porque cuidar es tomar partido por la vida.
Por eso, Alex, tu nombre nos interpela. Nos recuerda quiénes somos y qué no deberíamos dejar de ser. Nos exige cuidar sin miedo, pero también sin ingenuidad. Nombrar la injusticia. Señalar la violencia. Defender la dignidad incluso cuando incomoda. Porque si renunciamos a eso, no solo te perdemos a ti. Nos perdemos como profesión.
José Ramón Martínez-Riera
Profesor Honorífico Universidad de Alicante
















