La piel y el cabello son mucho más que una cuestión estética: reflejan el estado de salud, influyen en la calidad de vida y tienen un profundo impacto emocional. El enfermero especializado en tricología Unai Calero, miembro del Grupo SkinCareAlicante del Colegio de Enfermería de Alicante, ha publicado recientemente el libro “Cuidado capilar en oncología: guía clínica para profesionales sanitarios”. En esta entrevista nos habla de su obra y pone en valor el papel de la Enfermería en unos cuidados que van mucho más allá del tratamiento de la enfermedad.

Como miembro del Grupo SkincareAlicante del Colegio de Enfermería, ¿cómo contribuye el Grupo a reforzar el papel de la enfermería en el ámbito de la salud cutánea?

Creo que el Grupo SkincareAlicante tiene un papel muy importante porque ayuda a visibilizar algo que, aunque parezca evidente, a veces se olvida: la piel también forma parte de los cuidados enfermeros. Cuando hablábamos de piel desde Enfermería, se pensaba casi siempre en heridas, úlceras o curas. Y, por supuesto, eso es una parte fundamental. Pero la salud cutánea va mucho más allá: prevención, educación sanitaria, fotoprotección, envejecimiento saludable, cambios cutáneos asociados a tratamientos, cuidado capilar, acompañamiento emocional…

El grupo permite crear un espacio donde las enfermeras podemos formarnos, compartir conocimiento y poner sobre la mesa que tenemos muchísimo que aportar en este ámbito. Además, creo que refuerza una idea muy bonita: cuidar la piel no es algo superficial. La piel habla mucho de cómo estamos, de cómo vivimos una enfermedad, de cómo nos relacionamos con nuestra imagen y de cómo nos sentimos. Y ahí la Enfermería tiene una mirada muy cercana, muy humana y muy necesaria.

Hace unas semanas se celebró la masterclass “Cuidar la piel también es cuidar la vida” organizada por el Grupo SkincareAlicante del Colegio, en la que usted participó. ¿Cómo ayudan este tipo de actividades a que tanto los profesionales como la ciudadanía comprendan la importancia del cuidado de la piel?

El propio título de la masterclass lo resume muy bien: cuidar la piel también es cuidar la vida. Estas actividades son necesarias porque acercan la salud cutánea a la gente de una forma comprensible, práctica y real. A veces, desde el ámbito sanitario, damos por hecho que la población conoce cosas básicas sobre la piel, pero luego en consulta ves que hay muchísimas dudas: cómo protegerse del sol, cuándo consultar una lesión, qué productos utilizar, qué cambios son normales y cuáles no, cómo cuidar la piel durante una enfermedad o un tratamiento…

Y también ayudan a los profesionales, porque nos sacan de la rutina y nos recuerdan que la piel no es solo “lo que se ve”. La piel es barrera, protección, identidad, autoestima y calidad de vida.

Para mí, este tipo de encuentros tienen mucho valor porque unen dos mundos: el conocimiento sanitario y la vida real de las personas. Y cuando conseguimos explicar la salud de una manera sencilla, sin tecnicismos innecesarios, la ciudadanía entiende mejor, pregunta más y cuida mejor.

Además de ser enfermero especializado en tricología y cuidado capilar, recientemente ha publicado el libro “Cuidado capilar en oncología: guía clínica para profesionales sanitarios”, que es el primero de estas características en España ¿por qué decidió escribirlo?

Lo escribí porque detecté un vacío muy claro. En consulta, y también a través de pacientes y profesionales, veía que la caída del cabello durante un proceso oncológico seguía siendo un tema poco abordado. Se habla mucho del tratamiento, de los efectos secundarios generales, de las náuseas, del cansancio… pero el cabello muchas veces queda en un segundo plano. Y para muchos pacientes no es algo menor.

La pérdida del cabello puede ser uno de los momentos más duros del proceso porque hace visible la enfermedad. A veces la persona todavía está asimilando el diagnóstico y, de repente, el espejo le devuelve una imagen que no reconoce. Eso impacta muchísimo. Mi intención no era escribir un libro para prometer que el pelo no se va a caer. Todo lo contrario. Quería crear una guía honesta, clínica y práctica para que los profesionales sanitarios pudieran acompañar mejor: explicar qué puede pasar, cómo cuidar el cuero cabelludo, qué errores evitar y cómo sostener emocionalmente a la persona. Al final, el libro nace de una idea muy simple: el pelo también forma parte del cuidado.

Esta obra va dirigida al personal sanitario. ¿Qué puede encontrar un enfermero/a en su libro que no suele aparecer en los manuales habituales?

Puede encontrar una mirada muy práctica y muy centrada en el acompañamiento real. En muchos manuales se menciona la alopecia como un efecto secundario más del tratamiento oncológico, pero pocas veces se profundiza en lo que implica para el paciente o en cómo podemos actuar desde los cuidados. El libro habla de qué ocurre con el cabello y el cuero cabelludo antes, durante y después del tratamiento, cómo preparar al paciente para una posible caída, qué recomendaciones dar, cómo cuidar un cuero cabelludo sensible, cómo abordar cejas y pestañas, qué productos evitar y qué expectativas conviene ajustar durante la recuperación.

Pero también hay una parte que para mí es fundamental: cómo comunicar. Porque no es lo mismo decir “no te preocupes, ya crecerá” que decir “entiendo que esto te preocupe, vamos a ver cómo podemos acompañarte y qué opciones tienes”. La diferencia parece pequeña, pero para el paciente puede ser enorme. Creo que el libro aporta precisamente eso: herramientas clínicas, pero también una forma más humana de mirar la alopecia oncológica.

¿Por qué la caída del cabello tiene un impacto emocional tan profundo incluso cuando el paciente sabe que es temporal?

Porque una cosa es saber racionalmente que el pelo puede volver a crecer y otra muy distinta es vivirlo. Cuando a una persona se le cae el pelo durante un tratamiento, muchas veces siente que pierde el control sobre su imagen. Y eso, en un proceso donde ya hay tantas cosas que no dependen de uno mismo, pesa mucho.

Además, la caída del cabello hace visible la enfermedad. Hay pacientes que dicen: “hasta que no se me cayó el pelo, no me sentí enfermo” o “no quería que todo el mundo supiera lo que me estaba pasando”. Y eso es muy duro.

También hay que recordar que no siempre hablamos solo del pelo de la cabeza. Pueden perderse cejas, pestañas y vello corporal. Y cuando cambian las cejas o las pestañas, cambia mucho la expresión del rostro. La persona puede mirarse al espejo y no reconocerse. Por eso no debemos minimizarlo. Aunque sea temporal, el impacto emocional puede ser muy real. Decir “ya crecerá” no siempre ayuda. A veces ayuda mucho más escuchar, validar y acompañar.

¿Cómo podemos desde la Enfermería cuidar ese aspecto más emocional de la alopecia provocada por el tratamiento?

Lo primero es no quitarle importancia. A veces, con buena intención, decimos frases como “no te preocupes, el pelo vuelve a crecer” o “lo importante es curarte”. Y claro, lo importante es tratar la enfermedad, pero eso no significa que el sufrimiento por la pérdida del cabello no importe.

Desde Enfermería podemos cuidar mucho simplemente cambiando la forma de acompañar. Escuchar, preguntar cómo lo está viviendo, validar su preocupación y ofrecer información práctica sin imponer.

También podemos anticiparnos. Hablar del tema antes de que ocurra, explicar opciones, orientar sobre pañuelos, pelucas, protección solar, higiene suave, cuidado de cejas y pestañas… Son cosas pequeñas, pero dan sensación de control.

Y algo que me parece clave: respetar los tiempos de cada persona. Hay pacientes que quieren cortarse el pelo antes, otros prefieren esperar, otros no quieren peluca, otros sí. No hay una única forma correcta de vivirlo.

Nuestro papel no es decidir por ellos, sino acompañarles para que puedan decidir con información y sin sentirse juzgados.

En otros medios ha instado a incorporar la pérdida de cabello como parte integral de las consultas oncológicas. ¿Por qué cree que hasta ahora no se ha realizado esto?

Creo que no se ha incorporado de forma sistemática porque históricamente se ha visto como un efecto secundario “esperable” y no como una necesidad de cuidado en sí misma. Es decir, como sabemos que muchos tratamientos pueden provocar caída del cabello, a veces se normaliza demasiado. Se da por hecho. Y cuando algo se da por hecho, se corre el riesgo de no explicarlo bien.

También influye la falta de tiempo en consulta y la falta de formación específica. Los equipos sanitarios trabajan con muchísima presión y con prioridades clínicas complejas. Pero precisamente por eso hacen falta protocolos sencillos, claros y aplicables.

No se trata de añadir una carga más, sino de integrar una pregunta, una explicación y unas recomendaciones básicas dentro del circuito del paciente. Igual que se habla de mucositis, náuseas, fatiga o cuidado de la piel, deberíamos hablar también de alopecia y cuero cabelludo. Porque para el paciente no es un detalle. Para muchos es una parte muy visible y emocional del proceso.

¿Qué errores cometemos comúnmente en el proceso de la alopecia provocada por el tratamiento?

Uno de los errores más frecuentes es avisar tarde o explicar poco. A veces el paciente recibe información muy general, tipo “se te puede caer el pelo”, pero no se le explica cómo puede ocurrir, cuándo, qué puede sentir en el cuero cabelludo o qué cuidados puede hacer desde el principio.

Otro error es minimizarlo emocionalmente. Lo hacemos con buena intención, pero frases como “eso es lo de menos” pueden hacer que la persona se sienta culpable por preocuparse por su imagen.

También se comete el error de no individualizar. No todos los tratamientos provocan la misma caída, no todas las personas lo viven igual y no todas necesitan las mismas recomendaciones.

Y luego están los errores de cuidado: usar productos agresivos, frotar demasiado, aplicar remedios sin evidencia, no proteger el cuero cabelludo del sol o del frío, o recurrir a suplementos y tratamientos sin consultar.

Creo que el gran cambio está en anticiparnos más y acompañar mejor. No esperar a que el paciente pregunte cuando ya está angustiado.

¿Cuáles son los mitos sobre el cabello y el cáncer que más se repiten?

Hay varios, pero uno muy habitual es pensar que todo tratamiento oncológico provoca siempre la misma caída de cabello. Y no es así. Depende del tipo de tratamiento, de la pauta, de la dosis y de la respuesta individual.

Otro mito es creer que si el pelo no se cae, el tratamiento no está funcionando. Eso es falso y puede generar muchísimo miedo innecesario.

También se repite mucho la idea de que hay champús, vitaminas o productos que pueden evitar por completo la caída. Y hay que ser muy claros: no existen productos milagro. Podemos cuidar el cuero cabelludo, reducir molestias, acompañar el proceso y, en algunos casos concretos, valorar estrategias preventivas, pero no podemos prometer lo que no depende de un champú.

Luego otro mito que hay es que raparse hace que el pelo crezca más fuerte después. Raparse puede ayudar emocionalmente a algunas personas a vivir mejor la caída, y eso es totalmente válido, pero no cambia la biología del folículo.

Y quizá el mito más dañino es pensar que preocuparse por el pelo durante un cáncer es superficial. No lo es. Es humano.

En el libro también habla del periodo posterior al tratamiento. ¿Qué expectativas conviene ajustar sobre la recuperación del cabello?

Conviene explicar que la recuperación capilar no es inmediata ni igual en todas las personas.Muchas veces el paciente termina el tratamiento y espera que el pelo vuelva rápido, fuerte y exactamente igual que antes. Y a veces no ocurre así. Puede tardar, puede crecer primero de forma irregular, más fino, con otra textura o incluso con un cambio temporal en el color o en la forma.

También puede haber una fase en la que el cabello parece débil o con poca densidad, y eso genera mucha preocupación. Por eso es importante explicarlo antes, para que la persona no interprete cualquier cambio como algo malo.

Otro punto importante es que no todo lo que ocurre después del tratamiento debe normalizarse sin valorar. Si pasan los meses y la recuperación no avanza como esperábamos, si hay zonas que no repueblan, inflamación, picor intenso, descamación importante o pérdida persistente, conviene consultar.

Mi mensaje sería: paciencia, acompañamiento y seguimiento. El pelo puede recuperarse, sí, pero necesita tiempo. Y durante ese tiempo el paciente también merece información, cuidados y apoyo.