Hay titulares que predisponen al lector antes incluso de comenzar a leerlos: “Médicos en tierra hostil”. El artículo con dicho titular publicado en el periódico Información contiene preocupaciones legítimas sobre las condiciones laborales, la sobrecarga, la responsabilidad profesional y demás de los médicos. Sin embargo, cuando sitúa la autonomía de Enfermería entre las causas de esa hostilidad, el diagnóstico deja de ser certero y se convierte en trasnochado.
La sanidad española tiene problemas graves, pero ninguno se resolverá trazando fronteras defensivas entre profesiones sanitarias. No sobran competencias enfermeras ni faltan espacios reservados para los médicos. Faltan profesionales, tiempo, planificación, estabilidad, reconocimiento y modelos organizativos con criterios objetivos capaces de aprovechar adecuadamente el conocimiento de cada disciplina.
Enfermería, desde hace muchos años, ya no es una profesión delegada o subordinada de la de Medicina. Tampoco una categoría creada para descargar tareas médicas cuando escasean facultativos. Su objeto profesional es el cuidado de las personas sanas o enfermas, las familias y las comunidades: valorar necesidades, prescribir en su ámbito competencial, identificar respuestas humanas ante los problemas de salud, emitir diagnósticos enfermeros, planificar intervenciones, prevenir complicaciones, educar para la salud, evaluar resultados y garantizar la continuidad asistencial.
Así lo reconoce la legislación sanitaria. La Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias atribuye a las enfermeras la dirección, evaluación y prestación de los cuidados orientados a la promoción, mantenimiento y recuperación de la salud y a la prevención de enfermedades y discapacidades. La misma norma establece que la atención integral exige cooperación multidisciplinar, integración de procesos y continuidad asistencial, evitando la simple superposición de actuaciones profesionales.
Del mismo modo, conviene recordar que la capacidad para dirigir, coordinar o gestionar procesos asistenciales no deriva exclusivamente de la posesión de un título universitario. La gestión sanitaria exige competencias específicas en organización, tener liderazgo, saber planificar, realizar evaluación de resultados y gestionar recursos. Gestionar y organizar no es una consecuencia automática de una categoría profesional, sino de la preparación y la capacidad demostrada para asumir esas funciones.
Por tanto, la cuestión no es decidir qué profesión está por encima de otra, sino determinar qué necesita el paciente, quién posee la competencia para proporcionárselo, cómo se coordinan las distintas intervenciones y también las necesidades del sistema.
Resulta especialmente discutible presentar la prescripción enfermera de medicamentos como un intento de desplazar funciones para abaratar costes. Las enfermeras llevan décadas tomando decisiones clínicas relacionadas con vacunas, heridas, ostomías, diabetes, dolor, anticoagulación, cuidados paliativos o seguimiento de procesos crónicos. No porque pretendan convertirse en médicos, sino porque esas decisiones forman parte de la atención que prestan diariamente.
La denominada prescripción enfermera no es una apropiación clandestina de competencias. Está regulada legalmente y permite indicar y autorizar la dispensación de medicamentos no sujetos a prescripción médica y productos sanitarios, y contempla actuaciones sobre determinados medicamentos sujetos a prescripción dentro de protocolos y guías aprobados. Exige, además, la correspondiente acreditación profesional.
Existen guías para ámbitos concretos, como las heridas, la diabetes, la hipertensión, la fiebre, la deshabituación tabáquica o determinados procedimientos diagnósticos y terapéuticos. Estas guías no convierten a la enfermera en una ejecutora automática ni suprimen el juicio clínico. Delimitan escenarios, criterios de actuación, signos de alarma, seguimiento y situaciones que requieren valoración médica. Son instrumentos de seguridad y coordinación, elaborados con participación institucional y profesional, no fórmulas improvisadas para reemplazar facultativos.
Es cierto, como afirma el autor del artículo en cuestión, que ningún protocolo puede prever todas las situaciones. Pero eso ocurre en Medicina, en Enfermería y en cualquier profesión sanitaria. Las guías orientan; el profesional valora. Cuando un caso se aparta de lo previsto, se reevalúa, se deriva o se solicita la intervención de otro profesional. Precisamente para eso se necesitan equipos que se comuniquen y reconozcan mutuamente, no estructuras en las que todo deba ascender jerárquicamente hasta una única profesión.
También conviene distinguir entre compartir determinados ámbitos de actuación y afirmar que todas las profesiones son equivalentes. No lo son. Tienen formaciones, objetos de conocimiento y responsabilidades diferentes. Pero la diferencia no implica subordinación ni establece una jerarquía general de valor. Un diagnóstico médico y un diagnóstico enfermero no son intercambiables porque responden a preguntas distintas. El primero identifica enfermedades o procesos patológicos; el segundo analiza respuestas y necesidades de cuidados sobre las que la enfermera puede intervenir autónomamente. Ambos resultan imprescindibles para la misma persona.
El autor se pregunta qué ocurriría si alguien saliera mal parado tras ser atendido por otros profesionales y sostiene que, al final, el médico acaba siendo juzgado por decisiones que quizá no tomó. La responsabilidad no puede atribuirse por defecto al médico, pero tampoco puede utilizarse ese temor para negar capacidad de decisión a quienes cuentan con formación, regulación y competencias propias. La culpa será del negligente, sea médico, enfermera o cualquier otro profesional.
Dentro de la profesión existen especialidades con competencias avanzadas y ámbitos de actuación propios. Un ejemplo es el de las matronas, especialistas de Enfermería que desarrollan de manera autónoma la atención al embarazo, parto y puerperio de bajo riesgo. Esta actividad implica la valoración clínica, la toma de decisiones y la asunción directa de responsabilidades sobre la salud materna y neonatal. Se trata de una práctica de elevada complejidad y riesgo profesional, como otras muchas que realizan las enfermeras en todas sus especialidades, donde la autonomía va necesariamente acompañada de responsabilidad. De hecho, cuando se producen reclamaciones judiciales relacionadas con la atención obstétrica, resulta habitual que las demandas se dirijan tanto contra la matrona como contra el ginecólogo, precisamente porque cada profesional responde de las actuaciones realizadas dentro de su ámbito competencial. La existencia de responsabilidades compartidas demuestra que la autonomía enfermera no supone ausencia de control ni transferencia automática de responsabilidad a otros profesionales.
El artículo pregunta dónde empieza la responsabilidad médica y dónde debe situarse la Enfermería. La respuesta no debería buscarse en antiguos límites corporativos, sino en la legislación, la formación acreditada, la evidencia científica y las necesidades de la población. La Enfermería debe estar allí donde sus competencias aporten seguridad, accesibilidad, prevención, seguimiento y continuidad. Ni un paso más allá de su preparación, pero tampoco un paso por detrás de ella.
Los médicos tienen motivos para reclamar mejores condiciones, menos burocracia, plantillas suficientes, tiempo para atender y una regulación laboral justa. Las enfermeras también. La profesión médica no pierde valor porque la Enfermería avance. Tampoco se protege al paciente reduciendo la capacidad resolutiva de las enfermeras. Se le protege asegurando que cada profesional actúe con formación suficiente, límites claros, recursos adecuados, comunicación efectiva y responsabilidad propia.
Por el contrario, este ataque continuo que algunos médicos realizan hacia las enfermeras y su trabajo, solo es síntoma de egoísmo, frustración, incapacidad para resolver sus problemas y, sobre todo, mediocridad y ser cortos de miras profesionales.
La verdadera tierra hostil no está formada por enfermeras que desarrollan sus competencias. Está en las agendas imposibles, las sustituciones que no llegan, los contratos precarios, la fragmentación asistencial, la burocracia inútil y la ausencia de tiempo para escuchar. Convertir a otra profesión sanitaria en parte del problema puede aliviar momentáneamente el malestar corporativo, pero no resolverá ninguna de esas carencias.
Médicos y enfermeras no deberían disputarse el territorio. El territorio es del paciente. Y nuestra obligación común no es conquistarlo, sino cuidarlo.
Montserrat Angulo Perea
Presidenta del Colegio de Enfermería de Alicante
















